Pero hay algo en lo que nunca nos fijamos, y que siempre está: Los murciélagos; esos repugnantes seres que también forman parte de tanta belleza.
Claro que, bien pensado, sería espantoso que el guía turístico tras haber ensalzado la maravillosa construcción de la bóveda y el crucero de la nave central, nos dijera que esos seres diminutos y negros que sobrevuelan por encima de nuestras cabezas, no son pájaros que entran y salen; que son murciélagos, que viven en la susodicha bóveda, y que gracias a ellos no nos encontramos con otros seres bastante más desagradables.
Volviendo a "Los murciélagos de la catedral" he tratado de hacer, sencillamente, una colección de relatos donde cada uno de ellos no es más que eso, un pequeño murciélago. Un ser que apenas si llama la atención, pero que con su insignificancia está ahí, formando parte de la armonía del todo. Porque los murciélagos que viven en las catedrales son tan importantes como puede serlo: La torre del tesoro, el claustro, el retablo del altar mayor, la capilla del Sagrario o la mismísima sillería del coro; como pretendo que sean estos "murciélagos de la catedral".
Cierto es que los murciélagos nunca llegarán a ser una razón para visitar una catedral, pero seguirán ahí, ignorados por cuantos turistas ensalzan las maravillas de la misma sin darse cuenta que sin ellos, no existiría nada que contemplar. Estos "murciélagos de la catedral", al igual que los otros, pasan de puntillas ante nuestros ojos sin que les prestemos la atención que merecen.
En "Los murciélagos de la catedral", las cosas pequeñas e insignificantes son las más importantes, aunque nos esforcemos en despreciarlas como a los murciélagos catedralicios, porque hacen que nuestra existencia no se quede vacía.
"El puente de Alcántara"Abandonamos el río. Cruzamos por el puente de Alcántara; tuvimos que pararnos antes de atravesar la carretera, porque los coches circulaban a gran velocidad.
Yo, que ardía por dentro, no pude contenerme; la besé apasionadamente. Ella me devolvió el beso en la misma medida. Dejamos de besarnos porque escuchamos voces; los sonidos provenían del pequeño muro que hay justo en la puerta del puente. Al unísono nos agachamos y pegamos nuestros oídos a la fría piedra del poyete. Se oían voces, gritos, lamentos, aunque ninguno de los dos entendíamos lo que decían. El estruendo de la bocina de un coche nos sacó de aquello.
Nos miramos; seguíamos cogidos de la mano, como habíamos estado todo el tiempo. Estábamos empapados, con la ropa pegada al cuerpo. Atravesamos la carretera y cogidos de la mano, corrimos "Doce Cantos" arriba, saltando y riendo. No comentamos lo sucedido; y es que, a los dieciocho años, la vida sigue siendo un juego donde la realidad no se diferencia de los sueños.
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